Estremecedor relato de la mujer rescatada en Los Gigantes.

María del Carmen Herrero, de 31 años, realizó un pormenorizado testimonio sobre cómo fue que se perdió en la montaña. "Fue desesperante", aseguró.

Cordoba Capital 03/03/2021

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La licenciada en Nutrición y docente de Biología y Educación de la Salud aclaró que no es montañista, aunque admitió tener un alma aventurera.
 
“Nunca atiné a estar sola, jamás pensé perderme en la montaña”, señaló la cordobesa, de 31 años, al programa Vamos Viendo, de La Popu.
 
“Me encanta la aventura, pero nunca atiné a estar sola. Fue un momento desesperante”, comenzó explicando.
 
“Lo que pasó fue que había ido a un voluntariado por un programa de reforestación y el día 28 bajamos de la zona donde está el refugio del Club Andino. Salí muy abrigada porque llovía y en el camino empezó a hacer calor. No desayuné ni había dormido bien. Cuando el guía se detuvo a responder algunas preguntas de otras personas ajenas al grupo, aproveché ese parate para sacarme la ropa y quedarme más holgada”.
 
 
“Luego, el grupo siguió bajando, la cosa es que me retrasé un poco más y, en ese momento, cuando retomé el camino, no vi más a la gente. Eso me re desesperó. Me perdí al segundo, una cosa tremenda, porque los vi y cuando me acerqué, no los vi más”, continuó Herrero.
 
“Empecé a asustarme mucho y a gritar: ‘ayúdenme, me perdí’. Luego fui por un camino cualquiera, peligroso, bordeé por una zona bastante ‘fulera’, rara, como con roca y altura. Todo eso lo hacía por los nervios y la desesperación. Hasta que dije: ‘Carmen calmate, estás perdida’. En algún momento me dije: ‘disfrutá el paisaje, no vas a encontrar a nadie’”.
 
Sobrevivir con una naranja y un litro de agua
 
Herrero relató que en la mañana del domingo, antes de extraviarse, desayunó muy liviano, factor que fue determinante: “tomé un té sin azúcar, comí un huevo duro, maní con cáscara y pasas de uva, más tarde, una sopita con fideítos de la noche anterior. Fue muy rebuscado. Con eso no tenía mucha energía”.
 
“Mi decisión pasó por ir al río ya que con agua se puede vivir, aun no teniendo comida. Luego de las 19 horas empecé a buscar a dónde dormir. No sabía usar la carpa. Lo más seguro fue una cueva y encontré una grande, linda y dejé las cosas ahí. No tenía nada para comer, salvo una naranja grande y un litro de agua. Iba tomando de a sorbos, cada dos horas”.
 
“Luego recordé que tenía unos chicles sin azúcar, eran tres unidades y las dividí por la mitad. Me calmaba la ansiedad. El primer día no estuve tan mal de ánimo. Recuerdo que a la noche, gracias a Dios, me habían prestado una capa de lluvia y una remera térmica. Usé esa, una polera, un chaleco polar y una campera trucha, pero me sirvió. Me metí a la cueva y ahí quedé la primera noche”.
 
 
“Era como estar viendo un cine en la pantalla gigante por la apertura de la cueva. Había neblina, luna llena, se sentían los relámpagos y ese fue el momento de gran temor. Fue ahí cuando dije: ‘no estás en lo alto de la montaña y no te vas a morir’. Sí la incertidumbre de no saber cuándo me iban a rescatar. Entre estar pensando eso, me quedé dormida y dije: ‘que sea lo que Dios quiera’. Así pasé la noche con dolores en el cuerpo por estar acostada en las rocas”, siguió la mujer de 31 años.
 
Al día siguiente, tipo 9 de la mañana, ya había aparecido el sol y dije: ‘bueno, ¿qué hago? Me levanté y me puse primero a tomar agua, tiré el chicle, fui al ‘baño’, y practiqué yoga china, donde se trabaja mucho la respiración, para dispersar la mente, pero estaba pensando en mi familia, amigos, en mi perro, mis plantas. Se me cruzó no ir más a la montaña, amo la montaña y la aventura, pero no quiero vivirla así”.
 
“Luego me tiré en una roca, empecé a llorar y a rezar mucho, cosa que no hago. Era como mi única esperanza: rezo y espero que Dios guíe mis pasos para que los rescatistas me encuentren. Ese día dije: 'no voy a comer nada, ni gasto energía, porque es al cuete', y así lo hice. Tempranito me desplomé: ‘ya está’, como deprimida. Muy feo. Encima, por ahí, escuchaba cada sonidos de las vacas que me asustaban. Había bichos, colibríes, muchas cosas raras. No tenía nada calentito para tomar, porque tampoco tenía un calentador”, continuó.
 
“Mi lucha era evitar batallar contra las inclemencias climáticas y el estado mental. Un día como que disfrutaba el paisaje y al otro día lloraba como una depresiva. Maldecía el día que decidí venir, llorando sola en medio de la nada”.
 
“En la noche del lunes, sentí un avión, grité y no tuve suerte. Era entendible que nadie me viera por la neblina. Tenía un presentimiento de que me estaban buscando y dije: ‘si no hice nada ayer -por el lunes- voy a comer el martes la naranja y tengo esa energía para moverme’. Apenas me desperté, empecé a caminar y en eso que iba bajando por un valle, veía los mogotes y los usaba de guía. Siento el helicóptero y cuando paro a tomar agua, veo que se pone el cielo gris”.
 
“Seguí caminando y al rato sentí un trueno y comenzó a llover. Ahí dije: ‘necesito una cueva ya’. En eso veo a los metros una cueva, me puse a limpiarla de bichos y me acosté hasta que paró la lluvia. Luego escucho el llamado de ‘Carmen, Carmen’, salí y vi a los bomberos. Me quebré. Tenían comida y me tranquilizaron. Fue una atención espectacular, estuve muy contenida. Fue el momento mas lindo del día”, señaló.
 
La reflexión
 
“Nunca me imaginé que me pasaría. También me sirve para aprender. Hay que sacar algo bueno de lo malo y a convivir con el dolor. A tratar de superar la mente, los miedos y uno ser el vencedor de esa lucha contra las propias dificultades y negatividad”, completó María del Carmen Herrero.
 
Informe de Ivanna Torres Riesco.
Abogado Laboral Cordoba

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